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viernes, 10 de junio de 2011

Prólogo

Son alrededor de las tres de la madrugada. Una mujer corre a través del bosque, a pasos agigantados y con acelerada respiración. En sus brazos se encuentra un bebé, cubierto en sábanas, llorando desconsoladamente.

El fuego sigue pudiéndose divisar a lo lejos, como colosos en llamas, imponentes, que destrozan todo a su paso. Ella prefiere no mirar atrás, quiere salvar su vida y la de la criatura que porta consigo. Hace caso omiso a los relinchos de los caballos, que aún se escuchan desde la aldea, y sigue huyendo a lo más profundo del bosque en busca de refugio.
Aprieta el bebé contra su pecho, intentando calmarle, pero éste permanece llorando. Sus nerviosos pasos se van poco a poco ralentizando, y, fatigada, se sienta bajo un roble.

Observa como el bebé deja de llorar, y ella le acaricia con las sábanas. Él le mira una última vez con aquellos curiosos y poco experimentados ojos, confuso, antes de caer dormido. La mujer le susurra que todo va a ir bien, que no habrá pasado nada, que todos van a estar sanos y salvos.

Ella también se duerme poco después, acunada por sus propias palabras de consuelo. Pero, en el fondo, ella sabía que no era cierto.

No iba a ir bien.

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